El arte cinematográfico al servicio de la propaganda: El Acorazado Potemkin

Nadie que haya tomado en serio al cine ha podido ignorar a “El Acorazado Potemkin”. En muchos sentidos esta película es la semilla de lo que sería la narrativa y el montaje cinematográfico actual, 92 años después de su estreno.

¿Por qué es todavía tan venerada y discutida? No ganó un Oscar, porque aún no existían. Pero en 1958 fue nombrada la mejor película de todos los tiempos, y aún en la actualidad sigue ocupando un lugar destacado en cualquier lista.

Algo de contexto antes; Rusia pasó por dos revoluciones en 1917. La de febrero derrocó a la aristocracia dirigida por el zar e introdujo un gobierno provisional; ocho meses después, Vladimir Lenin y el partido bolchevique lideraron una revolución marxista que creó la Unión Soviética.

Lenin reconoció rápidamente el potencial del cine como un medio para expresar ideas e influir en las creencias y acciones de las personas, es decir su potencial como propaganda. Ahora damos por hecho este potencial, pero entonces el cine era un medio muy nuevo.

La industria del cine soviético estaba regulada por un organismo gubernamental: el Comisariado del Pueblo para la Educación (lo que te da una idea de cómo veía Lenin el cine).

El comisario, Anatoli Lunacharsky, era un fanático del cine que había incursionado en la escritura de guiones, y les dio a los cineastas rusos mucho margen de maniobra.

Uno de estos cineastas fue Sergei Eisenstein, un ex estudiante de ingeniería que en 1918 dejó la universidad para luchar por el lado de Lenin en la Guerra Civil Rusa.

Eisenstein, que había tenido cierto éxito como propagandista durante la guerra, se convirtió en un director de teatro y poco a poco se trasladó al cine. Su primer largometraje, La huelga (1925) trata sobre un levantamiento laboral en 1903, antes de la Revolución.

Su siguiente obra, lanzada unos meses más tarde, El Acorazado Potemkin, también se inspiró en eventos de la vida real.


En 1905, la tripulación del Potemkin ruso se había rebelado contra las repugnantes condiciones, entre las que destacaban los alimentos infestados de gusanos y los oficiales superiores despóticos.

Mostrar la épica del motín, el apoyo del puerto de Odessa y la violencia de la respuesta por parte de las tropas del Zar, visto 20 años después como un primer intento revolucionario, fue el propósito de Eisenstein. Pero logró algo más que eso.

Eisenstein intentó producir cierto tipo de emoción en la audiencia; indignación por injusticias pasadas y patriotismo y orgullo por la naciente revolución. ¿Es esto distinto de lo que hacen la mayoría de los directores modernos?

No lo es en absoluto. El cine popular se trata de evocar una respuesta. Desea que el público se sienta emocionado, asustado, perplejo, triste o entretenido. Como espectador, consideras que una película es “buena” si produce la reacción deseada.

Las mejores películas lo hacen sutilmente, sin ser obvias al respecto, pero todas las buenas películas lo hacen. Eisenstein no se dispuso a contar una historia llena de matices y equilibrio. Él estaba haciendo propaganda, lo cual no es intrínsecamente malo.

El cine es un medio de masas. Tomas a muchas personas de diversos orígenes; amas de casa, ingenieros, cerrajeros profesionales y oficinistas, y tratas de transmitirles un mensaje. La elección de los planos a mostrar se ciñe a cierto método con base psicológica.

Eisenstein quería recordar a los rusos los primeros triunfos que llevaron a su reciente revolución. También quería establecer, para que nadie lo olvidara, que el régimen zarista era corrupto y que debía ser derrocado.

Y así esta película no da la mayoría de los nombres de sus personajes, no enfatiza a muchas de los personajes. En su mayoría es un grupo (los marineros, los trabajadores, los campesinos) contra otro grupo (los oficiales, la élite).

No puedes mirar esta película y salir con otra interpretación que no sea la que Eisenstein pretendía. El cine como instrumento de propaganda había nacido.

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